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Albert Brooks y una hilarante charla de café

Ene 23, 2024
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De un tiempo a esta parte, la idea de ser “de culto” se convirtió, en muchos casos, en un objetivo, una especie de estatus movilizado por la ilusión de vaya uno a saber qué tipo de prestigio extraño. En vez de la consecuencia de un montón de factores impredecibles, ser “de culto” se volvió una categoría conveniente. Claro que no siempre fue así. Alguna vez, llegar a ese lugar no se podía programar, no había manera de calcularlo, no era parte de una estrategia en base a especulaciones ni de un plan orientado. Era una combinación de imprevistos, marcados por el azar o el destino, algunos de ellos relacionados con el éxito esquivo, o a que el reconocimiento popular no fuera proporcional a la calidad o el talento de la figura o el objeto en cuestión.

Albert Brooks junto a su esposa Kimberly Shlainen Los Angeles en 2003. [AP Photo/Kevork Djansezian]Albert Brooks junto a su esposa Kimberly Shlainen Los Angeles en 2003. [AP Photo/Kevork Djansezian]

En ese sentido, el caso de Albert Brooks es curioso. Pasó de ser la aparición más explosiva de la escena humorística de los Estados Unidos a comienzos de los setenta –comparable a lo que había ocurrido pocos años antes con Woody Allen– a, décadas después, ser un nombre muy poco popular en el mundo, casi desconocido para las nuevas generaciones, salvo por tener el mismo apellido que Mel Brooks –con quien posiblemente mucha gente lo confunda–.

Por eso, el documental dirigido por Rob Reiner viene un poco a poner las cosas en orden. Albert Brooks: Me río de la vida (estreno reciente de HBO) es un llamado de atención –un reto– al siglo XXI por el hecho de no haber puesto en el lugar que merece a un verdadero genio de la comedia de todas las épocas. De paso, es un hermoso acto de amor y justicia de Reiner hacia Brooks, su amigo de toda la vida.

Una charla de café

El formato de la película es muy sencillo: una charla de café entre Albert Brooks y Rob Reiner en una mesa de un restaurante coqueto, a partir de una serie de preguntas que van guiando la “entrevista” hacia distintos momentos de la vida de Brooks, en orden más o menos cronológico, complementada con clips de archivo del paso del cómico por la televisión y de sus películas, además de entrevistas a una gran cantidad de celebridades que expresan su admiración por él, entre las que aparecen Larry David, Ben Stiller, David Letterman, Judd Apatow, Steven Spielberg, Conan O’Brien, Alana Haim, Jonah Hill, Sharon Stone, James L. Brooks y Sarah Silverman, por nombrar algunas.

El comentario de cada una alarga la sombra de influencia que Brooks tuvo en ellas, y que activa el propio Reiner, cuando, apenas comenzada la película, le confiesa a su amigo que siempre fue su modelo, y hasta que se sentía intimidado por su talento. Enseguida, un chiste inmediato de Brooks desarma cualquier riesgo de sensiblería, siendo la primera de muchas intervenciones hilarantes, como si, además, tuviera que demostrar que su ingenio está en muy buena forma (los chistes improvisados de Brooks hacen que el documental también se convierta en una comedia impensada, sobre todo para Reiner, que no puede parar de llorar de la risa ante las ocurrencias de su amigo).

El relato abre con el recuerdo del inicio de la amistad entre ambos, cuando se conocieron en la escuela secundaria, donde compartían la clase de teatro con Richard Dreyfus, además de los hijos e hijas de Lee J. Cobbs, Groucho Marx y Joey Bishop, entre otros (el propio Rob Reiner es hijo del genial Carl Reiner, quien en el célebre programa The Johnny Carson Show dijo que la persona más graciosa que conocía era “un amigo de su hijo de 16 años”).

Luego, los chistes obligados sobre la temprana curiosidad de cargar con el nombre real de Albert Einstein, para entrar de lleno en el extenso y popular recorrido que Brooks realizó en la primera mitad de los setenta por distintos programas televisivos, acumulando un centenar de presentaciones que lo colocarían en un alto nivel de exposición, y que tenían la particularidad de ser rutinas que nunca las había testeado en público, improvisando buena parte de ellas (entre las que está la primera broma que incluye prender un porro en vivo, en el programa de Johnny Carson, ante la sorpresa y complicidad de este). Estos clips dan cuenta del efecto que podía llegar a provocar la aparición de un joven excitado que hacía un humor salvaje y con un pie en el absurdo más desfachatado.

Resulta difícil comprender al día de hoy la importancia de Albert Brooks para el desarrollo del humor en la televisión norteamericana. Solo hay que saber que fue suya la idea de introducir presentadores (hostess) invitados en Saturday Late Night y, sobre todo, por ser el primero en realizar sketches en la forma de cortos cinematográficos (film pieces) –ambas cosas inéditas hasta el momento–.

También fue el pionero (cinco años antes de This Is Spinal Tap, dirigido por Reiner) en adentrarse en el terreno del mockumentary –o falso documental– con Real Life (1979), su primera película como director, en la que se interpreta a sí mismo como un director de cine que registra la vida cotidiana de una familia.

Sería el primero de siete largometrajes en el que iría profundizando las características que lo harían único. Entre ellas, por un lado, la decisión de hacer comedia y construir personajes alrededor de su propia imagen: es difícil despegar las neurosis y obsesiones de sus criaturas de las propias, y todo el tiempo Brooks parece estar contándonos su vida –amorosa, familiar, existencial– siendo el antihéroe de sus sátiras realistas.

Por otro lado, cada uno de sus films es una pieza conceptual: un tratado sobre los celos al borde de la psicopatía en Modern Romance (1981), un ensayo sobre “gente que toma decisiones gigantes pero equivocadas” –según sus propias palabras– en Lost in America (1985), un film sobre el miedo y cómo superarlo en Defending my Life (1991) –también sobre el pensamiento simplista y hasta estúpido del ser humano, lo que la hace una película dolorosamente actual–.

El siglo XXI tendrá a Brooks identificado en su papel de actor (el villano de Drive, la voz del padre de Nemo en Buscando a Nemo, entre muchos otros) más que en el de director, otorgándole el lugar “de culto” que se ganó, adorado y homenajeado por sus pares, algunos de los mejores cómicos de la actualidad. No es poco. Aunque el mejor homenaje sea ir en busca sus películas.

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