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Cuando la polarización política llega al bolsillo

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Una semana después que Mauricio Macri asumió como presidente de Argentina el kirchnerismo circuló un “manual de micro militancia K” instruyendo como “resistir” al nuevo gobierno. Entre las técnicas de resistencia sobresalían las que usaban al consumo y los ámbitos de consumo para socavar la legitimidad y los recursos del oficialismo y sus apoyadores, por ejemplo interviniendo con dibujos o frases los diarios de consulta en los bares porteños, realizar simulacros de protesta o performances teatrales de concientización en supermercados, boicoteando negocios de simpatizantes al macrismo o –por el contrario- comprando productos alineados con el kirchnerismo. La arena privada y del consumo –asociados con la enajenación por el interés público y la política por el kirchnerismo- se proyectaban súbitamente como una entusiasmada trinchera.

La extensión del conflicto partidario al mundo del consumo y marcas no es privilegio de los populismos de centro-izquierda. La extrema derecha brasileña movilizó simpatizantes en beneficio de los comercios cuyos propietarios públicamente adhirieron al bolsonarismo, favoreciendo comer hamburguesas y camarones en las redes Madero y Coco Bambu resctivamente, comprar ropa y tejidos en las tiendas Havan, decorar la casa con muebles de Sierra Moveis, cuyos dueños fueron más allá de expresar simpatías por el expresidente y terminaron investigados por conspirar y financiar el intento de golpe de estado del 8 de enero de 2023 cuyo beneficiario seria Jair Bolsonaro.

Esa dinámica se extendió a otros ámbitos. Los simpatizantes de las opciones progresistas rehuyéndole a los ritmos musicales considerados bolsonaristas como el “sertanejo” y “pagode”, asociados a grupos del corazón derechista como el agrobusiness, el sindicalismo camionero y las milicias controladoras de favela.

Los derechistas hicieron lo mismo con los artistas de teatro y músicos que se opusieron al autoritarismo bolsonarista entre 2018-2022. Esa politización de ámbitos privados llegó a salpicar ciertas marcas de chocolates propagandeados por influencers críticos de Bolsonaro como Felipe Neto.

Los cientistas políticos Felipe Nunes y Thomas Trauman rotulan esa invasión de la mesa, armario y hogar del brasileño por criterios partidarios de “calcificación” de la polarización política, una expresión incontestable de que los antagonismos partidarios saltaron al nivel de los sentimientos y del cotidiano.

Esa práctica más conocida como “consumo político”, usando el poder de compra para perseguir objetivos políticos o éticos, lleva décadas de ejercicio en América Latina y apunta a ciudadanizar o politizar las relaciones con empresas y organizaciones con la intención de influirlas para que sigan valores y defiendan políticas favorables al modelo deseado de sociedad.

Vale recordar las protestas politizadas contra los bancos argentinos durante el corralito tras el 2001, las arengas contra comprar la nafta de Shell y Esso por el expresidente Kirchner en mitad de los años 2000, la autoproclamación como “fiscales de (el expresidente) Sarney” en los supermercados brasileños para controlar la inflación en los años 1980) o los boicots contra Zara en Brasil a inicios de la década de 2010 por uso de mano de obra esclava.

Encuestas realizadas por la consultora Market Analysis revelan que ya a principios del siglo XXI 26% de los brasileños premiaban corporaciones o marcas por su comportamiento social, ambiental o ético. Ese porcentaje decayó durante el auge económico bajo el gobierno del PT pero en la medida que la economía estagnó y el país se fue polarizando partidariamente el uso del consumo político creció de nuevo: 29% previo a la pandemia; 32% hoy en dia, a inicios de 2024. O sea: uno de cada tres brasileños recompensó (en los doce meses anteriores) a una empresa o marca por sus posturas políticas o socioambientales.

Formas de premiar pasan por comprar productos, hablar bien de marcas y empresas, recomendarlas para terceros. Pero el consumo político también pasa por castigar esos agentes cuando mantienen conductas percibidas como indeseables.

Ese boicot toma diferentes formas: dejar de comprar, hablar mal de marcas, asociarlas a eventos negativos e inclusive diseminar información para perjudicar su reputación e imagen pública. A lo largo de los últimos 25 años, el boicot a empresas convocó a uno entre cada 4 o 5 brasileños (19%-24% aproximadamente).

En la Argentina ese porcentaje fue de casi el doble: un 43% durante la crisis del 2001, aunquese fue desplomando con el tiempo y hoy se estima en cerca del 10%. Los mexicanos también arrancaron el nuevo siglo dispuestos a salpicar sus relaciones de mercado y cotidiano con la política: 28% de ellos ejercía el consumo político de castigo en 2001. Casi diez años después, ese porcentaje se había moderado un poco, situándose en 21%.

Las fronteras entre lo politizable y lo neutral ha sido barrida. ¿Debería sorprendernos en momentos en que la polarización contamina relaciones familiares, separa amistades y condiciona vínculos amorosos o íntimos?

Si las simpatías o antipatías partidarias regulan los afectos y anquilosan visiones de mundo, modelos de sociedad y pronósticos sobre el futuro de modo tan opuesto, se hace entendible que cada aspecto de la vida se convierta en una trinchera. Es como la polarización afectiva molda nuestro cotidiano y –naturalmente- nuestra comida, sala de estar, vestuario y entretenimiento.