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El Congreso como espectáculo

Ene 12, 2024
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El uso de la palabra refleja el nivel de la democracia en un sentido profundo.

En el Congreso el espectáculo de gritos, admoniciones, silencios imperativos con micrófonos inevitablemente castrados, confrontaciones vulgares, caminatas hacia los estrados de las autoridades que por momentos parecen prohijar eventuales trifulcas mayores, y televidentes que como en el circo gozan de las devaluadísimas discusiones. Todo configura un cuadro descompuesto que debería componerse.

En realidad hay dos dimensiones en el Parlamento: el show para las cámaras mediáticas en primer plano, y más discretamente aunque más substancialmente negociaciones reales y conducentes.

No todos son actores grotescos.

Pero sí los más notorios.

El Parlamento es el epicentro latiente de la libertad. John Locke, el pensador originante del liberalismo parlamentarista consideraba que “No puede haber mayor rudeza que interrumpir a otro en la corriente de su discurso”. Sin embargo, también vale lo opuesto, lo que ocurre cuando los discursos no son discursos sino diatribas vacías, peroratas y monsergas que grandilocuentes también interrumpen el derecho a la palabra del resto de los parlamentarios.

“Yo Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el sur por arrabales últimos”.

El destino de borgeano de Laprida es aquí simplemente una alusión simbólica, porque lo conjetural del momento no es literal, pero sí constituye una parábola posible. El Congreso no puede huir de sí mismo sumergido en barbaries, burdas y amarillistas para la TV.

El Parlamento como producto escenográfico se desnaturaliza en su profundidad imprescindible cuando la representación cívica clave se vuelve escenario de stand up de narcisismos y de ignorancias también. Así, el corazón del sistema de deliberación indirecta en el que ancla la democracia se hiere a sí mismo.

Esto es delicado porque por múltiples razones y en diversas latitudes las democracias están acechadas.

El golpe narco “político” de Ecuador esta semana es uno de los ejemplos más brutales que pudieran concebirse. Los criminales salieron a la luz a sangre y fuego con la intención de tomar, literalmente, el poder. Hay una profunda densidad envenenada en esa insurgencia que tiene nidos en diversos países y en la Argentina también, en Rosario y no solo en Rosario.

No fue en el transcurso de ese episodio gravísimo en Ecuador un detalle menor que los narcos hubieran tomado un estudio de televisión para emitir enmascarados su invasión armada.

Abrieron fuego dentro del estudio mientras seguía la señal en el aire. “El medio es el mensaje”, o parafraseando a McLuhan: “El mensaje es el medio a través de los medios intrusados ”.

El mensaje es claro. El peligro está entre nosotros. No sería conveniente subestimar los riesgos que el narcotráfico implica para la región en general.

En Ecuador le imputan a vectores correístas los primeros vínculos entre la política y los narcos. Una vez que se pacta con el diablo, el diablo te toma por el cuello (Goethe Dixit).

Ese correísmo dogmático fue uno de los socios dilectos del kirchnerismo camporista atávicamente refractario a la racionalidad geopolítica.

Los vínculos transnacionales de la gestión K explicarían algunos de los profundos dramas que nos acosan, la corrupción incluida.

El ideologismo solía encubrir vínculos económicos con dineros non sanctos y a raudales.

Los vínculos sólidos que se substanciaron durante la administración anterior con Venezuela, Ecuador y Nicaragua, remiten a Hezbollah y a otros milicianos financiados por el narco, que llegaron a éstas costas: Ciudad del Este, sectores liberados al tráfico desde Bolivia, y valijas que iban y venían desde Venezuela entre otros negociados.

La política exterior fue también la política interior.

El Parlamento funciona como parapeto frente a autoritarismos de diversa laya, o puede por omisión propiciar horrores.

Por eso mismo no puede degradarse a sí mismo, sino -por el contrario- elevarse a la altura de las circunstancias.

Los diputados y los senadores que sí trabajan son los que se excluyen del circo.

Y los hay.

Hay una sacramentalidad laica en el Congreso, y los legisladores por eso juran.

Pero esas exhibiciones baratas de grandilocuencias juramentadoras ya permiten prever elocuencias huecas en muchos de ellos.

La insensatez preferida por tantos charlatanes choca contra el drama social, económico y político y la requeridísima seriedad de los representantes.

Los 25 puntos de inflación de diciembre son una cifra increíblemente especular de la ambigüedad de la circunstancia argentina.

Es un número atroz para cualquier economía normal. Parece menos grave que el contrafáctico mayor que preveían especulativamente algunos videntes imprecisos.

Asistimos mientras tanto a las furias de los perdidosos en las elecciones.

Esa iracundia encubre y demora, quizás para siempre, una introspección y una contrición necesaria y autocrítica.

Y más profundamente; una confesión, no devocional de los pecados políticos y económicos cometidos.

Pero mientras tanto, predominan los gritos.

Claro, no saben lo que dicen.

Mejor que gritar es hacer.