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Mundos íntimos. ¿Vacaciones? Me llevó toda una vida aprender a disfrutarlas sin mandatos ni obligaciones. Y en libertad.

Ene 12, 2024
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Tengo dos años. Los veranos los pasamos en Mar del Plata, padres, hermanas, abuelos, tía. No voy a decir que tengo recuerdos de esa época, sería mentira. Pero hay dos escenas filmadas en Super 8 pasadas a VHS pasadas a CD pasadas a memoria, a las que deseo remitirme, para ilustrar esta crónica:


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1. Mi tía Marta arma una hamaca muy original con una lona atada al poste superior de la carpa. La hamacan a mi hermana mayor y todo es risa. La hamacan a mi hermana del medio y todo es diversión. Me hamacan a mí y la lona comienza a girar sobre sí misma. Lloro y pataleo.

En Teotihuacán, México. A Verónica Sukaczer le gustó pero fue difícil lidiar con la multitud.En Teotihuacán, México. A Verónica Sukaczer le gustó pero fue difícil lidiar con la multitud.

2. Estoy en la Rambla visiblemente perdida, sola, llorando como solo lloran los niñas de dos años con vestidito playero. A cierta distancia, alguien de mi familia filma mi desasosiego. Yo soy la perdida, nadie me perdió a mí. No lo sabré hasta muchos años después, pero algo adquiero de esa experiencia: lo que llaman vacaciones no es el lugar en donde quiero estar.

Tengo once años. Pasamos febrero en Miramar, ahora solo padres y hermanas.

El último día de enero se arman las valijas. Hay que elegir ropa de verano, de invierno (en la costa puede hacer mucho frío), de sol, de lluvia, de sport, de salida nocturna. Hay que decidir en minutos qué necesitaremos para una vida entera.

Somos cinco los que viajaremos en un solo auto en el que entran dos valijas de la época. Se viven momentos de extrema tensión. Las hermanas mayores hacen valer su jerarquía para ocupar más del tercio de espacio que les toca. Yo quiero llevar libros. ¡Libros!

En una playa con su madre. Durante años, Verónica Sukaczer huía de la arena, el mar y el sol. Luego, a su ritmo, aprendió a disfrutarla.En una playa con su madre. Durante años, Verónica Sukaczer huía de la arena, el mar y el sol. Luego, a su ritmo, aprendió a disfrutarla.

Aún no comenzó el verano pero ya estamos todos agotados y peleando entre nosotros. El día 1, como cada año, mis padres nos levantan de madrugada para estar en camino a las 7. Hay que viajar antes de que se congestione la ruta de una sola mano.

Nos arrastramos hacia el auto en donde pronto comienzan los rounds por el temido lugar del medio y, en consecuencia, los retos de mi madre y los pedidos de mi padre de que así no puede conducir.

Por supuesto, los automóviles todavía no poseen aire acondicionado y mis padres bajan sus ventanillas. Todo el aire caliente golpea a quienes viajamos atrás como si estuviéramos lanzándonos en paracaídas en una caída que puede durar más de cinco horas.

Comienzo a sospechar que las vacaciones son el infierno.

Cada día nos levantamos temprano para aprovechar el día de playa. Aprovechar es una palabra que mi mamá usa mucho. Yo odio la playa. La detesto con un odio sólido y palpable, tan fuerte que duele.

Para ir a la playa hay que armar los bolsos, preparar los jugos, decidir a quién le toca hacer los sándwiches. Recordar: estos sin mayonesa, otros sin tomate, otros con tomate pero sin queso. Los sándwiches tan frescos se transformarán pronto en una materia orgánica recalentada, desecha, aplastada, a punto de moho.

Llegamos a la carpa alquilada con más bártulos que los que necesita un explorador para sobrevivir en algún lugar inhóspito. La carpa siempre es la misma, en el mismo balneario, con los mismos vecinos, con la misma vista que da a las carpas de enfrente porque el mar está, pero muy lejos. Pronto comenzará la sutil batalla entre reposeras de un lado y del otro por medio metro más de sol o de sombra.

La rutina escolar le da lugar a la rutina veraniega. En ambas circunstancias hay que portarse de cierta manera y hacer lo que se espera de uno.

Pronto mis hermanas se untan aceite de bebé y dedican el día a freírse lentamente como si fueran a ofrecerse en un festival caníbal. A mí no me gusta tomar sol. Mi madre se queja de que estoy muy blanca, de que no me baño en el mar (le temo a las olas). Aquello que la antigua aristocracia detestaba: tostarse como lo hacían los trabajadores, esta clase media de los 80 abraza como signo de distinción. Pero yo no me bronceo, solo me quemo en grados diversos.

Me refugio en la carpa con Condorito, Patoruzú, Mafalda, Isidorito, Hijitus. Los libros y las historietas me van salvando. Cuando las leo todas, las cambio a un valor “blue” de 2×1 en algún local de revistas usadas. Así sobrevivo. Leyendo y deseando que llueva, que se nuble, que truene, que el mar lo tape todo, que me dejen en paz, que se arruinen estas vacaciones para siempre. Mi familia a veces me recuerda que, en la playa, yo siempre estaba de mal humor. Vaya uno a saber por qué.

Tengo dieciocho años, terminé el colegio secundario y recibí permiso para ir una semana a Mar del Plata con una amiga.

Sin mis padres, respiro todos mis alivios. Ya no tengo que madrugar ni asarme al sol, soy libre. Pero una nueva presión ocupa todo el espacio: tenemos que conocer chicos. Para eso nos fuimos solas de vacaciones, para eso tenemos dieciocho años.

Mi amiga conoce un chico en la playa y comienza a salir con él todas las noches. Yo, no. Yo no conozco a nadie. Me quedo sola y leyendo en nuestro departamento de un ambiente, leyendo y sufriendo porque no soy lo suficientemente interesante o atractiva o no tengo el cuerpo correcto. En definitiva, estoy fallada para las vacaciones y para la juventud. El sufrimiento veraniego no parece terminar nunca.

Tengo 23 años, soy periodista. Mis hermanas se fueron del hogar y por fin las vacaciones mutan de playa diaria a los viajes soñados: conocer países, otras culturas, ir a museos, probar comidas nuevas. Junto a mis padres recorremos ciudades de Estados Unidos y de México. No me puedo quejar.

No, no me puedo quejar, aunque el estilo de mis padres sea levantarse cada día muy temprano para aprovecharlo todo, caminar sin parar, hacer todas las excursiones, ir un rato a la playa, seguir de excursión con la piel llena de sal y la entrepierna paspada. Hay que experimentar, probar, conocer, recorrer, visitar. Hay que ver mucho en poco tiempo.

Un día hacemos snórquel, otro yo hago aladeltismo, luego subimos pirámides aztecas. El día que alquilamos motos para dar la vuelta completa a una isla, sin tener en cuenta el tiempo que eso puede llevar, se nos hace de noche, nos comemos todos los insectos del mundo, nos congelamos. La relación entre los tres es maravillosa, aunque a veces mi padre se olvida de que ya soy mayor de edad. Pero es una forma de amor, lo entiendo. Cuando regresamos al hogar, necesitamos vacaciones de las vacaciones.

Pero quedan los recuerdos.

Tengo 30 años y soy mamá de un hermoso varón de cinco meses. Como no volví a tener vacaciones desde que me casé (una pequeña cuestión económica), mis padres nos invitan a veranear con ellos en… Miramar. Compartimos el departamento alquilado.

Habíamos superado esa parte del juego pero parece que volvemos a la casilla de inicio. Hay que levantarse temprano, preparar los sándwiches, los jugos, el bolso del bebé.

A mi marido esta vida “liviana”, por los sándwiches, le resulta toda una novedad. Su familia italiana llevaba guisos a la carpa en Mar del Plata. Un día, recuerda, hasta llevaron directamente la Marmicoc (la olla de presión). Nos queda como anécdota familiar.

Paso el día en la carpa con mi hijo, jueguitos con las manos, dar el pecho, provechito, siesta, recuperarme de la cesárea. De regreso al departamento cargo el bolso con los pañales y al primogénito en el cochecito. Toca salir a pasear por la peatonal porque… ¿acaso nos vamos a quedar en el departamento? Hace frío, se me hinchan las piernas, llamamos al obstetra, me dice que descanse, ¿cómo voy a descansar del descanso?

Todavía no me doy cuenta que no hago más que repetir lo que me enseñaron que son las vacaciones. Como si me hubieran colocado un chip que se activa con el calor: hay que disfrutar, aprovechar, para quedarte tirada en el departamento te hubieras quedado en casa, gastamos dinero, luego toca todo un año de trabajo, hay que aprovechar, hay que disfrutar.

Tengo 43 años y dos hijos adolescentes. Otra vez Miramar, donde están sus amigos, pero solo por diez días. Más no se puede.

De pronto, son los hijos los que nos ayudan a desaprender las vacaciones. Como viven de noche, de día duermen y la playa no les interesa para nada. Entonces mi esposo y yo también nos levantamos tarde, desayunamos en una confitería con wifi para trabajar a distancia (los independientes no interrumpimos el trabajo nunca). Luego caminamos un poco, hacemos las compras, volvemos al departamento sin hacer ruido. Descubrimos que nos gusta ir a la playa, un rato, cuando el sol ya no pega tanto. Y sin carpa, tan cara y tan lejos del mar. Nos compramos una de esas carpitas playeras que se abren como si fueran un paraguas y la acomodamos cada día donde se nos antoja, bien cerca de la orilla, entre otros miles de veraneantes que casualmente desean el mismo lugar.

Hay muchos perros, se queja siempre mi esposo. Hay demasiados niños, agrego yo. Habría que prohibirlos, dice él. ¿Los perros o los niños? En algún momento aparecen los hijos. Los persigo con el protector solar. Y así como llegan se van, sin presiones (con protector solar), sin rutinas. Yo me quedo leyendo, mi marido se zambulle en el mar (le sigo temiendo a las olas).

Empiezo a entender el verdadero significado de ese corte que hacemos en el año y al que llamamos vacaciones: mi cabeza se aleja de los problemas cotidianos, se resetea. Regreso más fresca, más liviana, a afrontar otro año de trabajo.

Tengo 55 años. El primogénito vive en otro país, el benjamín hace años que veranea con sus amigos. La última vez que con mi esposo nos fuimos de vacaciones, en el verano, fue antes de la pandemia (Mina Clavero, Córdoba). En ese tiempo de encierro todo decantó. Aprendimos, por fin. Que no nos gusta vacacionar en el verano, por ejemplo. Que preferimos hacer pequeños viajes cuando podemos, fuera de temporada. Que no necesitamos irnos lejos para descansar. Que nos gusta estar en nuestro departamento. Descubrimos, incluso, que cada uno puede hacer sus planes y que eso no nos hace menos matrimonio. Hace unos meses viajé a San Juan, sola, mochila a la espalda, estadía en un hostel, a conocer los parques de Ischigualasto y Talampaya, un sueño que venía postergando. Mi esposo no pudo tomarse días ni estaba tan interesado como yo en conocer esos sitios.

Se sintió muy bien descubrir quién soy cuando viajo sola. Por eso en nuestro hogar ya no hablamos de veraneo, hablamos de viajar. A nuestro ritmo y según nuestros deseos y posibilidades. Y ahora sí, el viaje nos resulta tan interesante como el destino. También los proyectos. No conocemos Europa (”no hay plata”), por ejemplo, pero la soñamos. Ya llegará. Porque sabemos que siempre hay que dejarle un lugar a la sorpresa y un poco al azar: que la vida nos vaya llevando.

Felices vacaciones.

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Verónica Sukaczer es periodista y escritora y esta es su cuarta colaboración en la sección Mundos íntimos. Escribe libros para niños, jóvenes y adultos, entre ellos “Los nombres prestados”, “Lindo día para volar”, “Siempre nos estamos yendo” y “El inventor de puertas”. No le agrada enumerar premios, por lo que pasaremos por alto el premio Konex al mérito, el Segundo Premio Nacional de Literatura, varios premios Alija y el premio The Wive Ravens. O los dos premios Adepa a la excelencia periodística. Cuando no está escribiendo o coordinando talleres literarios, se transforma en BellaVé, orfebre y calígrafa. El soplete, la pluma y la palabra.