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María Méndez, hija de Héctor Méndez, histórico dirigente de CLATE y ATE.

Palabras para Héctor Méndez, dirigente de CLATE y la ATE, al cumplirse hoy siete años de su partida física.

Hola viejo, como va? Aquí María, extrañándote mucho en estos días. El tiempo se hace de goma en este noviembre caluroso. Pasaron siete años y tantas, tantas cosas, que no entrarían las palabras en esta hoja. Hace días que pienso en eso, en el tiempo, las ausencias, en lo que uno cree y no alcanza… en lo que se extraña. Es un tiempo extraño. Y tu ausencia, hoy, demasiado cotidiana.

Siempre presente. Viste que suele decirse que uno no muere si queda en el recuerdo de los demás, de los que nos quieren o quisieron en esta vida. Que ahí uno puede seguir viviendo. Esa idea a veces me sirve como consuelo, a veces no. Hay otros que creen que hay un lugar donde esta vida se transforma, transmuta, y entonces los terrenales nos preparamos para que algún día “nos reencontremos”. Tampoco eso me sirve ahora.

Enzo y Simon te pusieron en una estrella y cada tanto te buscan en el cielo para contarte algo

Cada día que vengo a la oficina paso por la clínica donde te jugaste la última carta de la cirugía. Una de esas batallas tuyas tan resolutivas, tan expeditivas. En tres meses enfermaste, resolviste y te fuiste saludándome con una sonrisa. A veces miro por la ventana del colectivo y me acuerdo de esos días calurosos. Hay otros días en que no me animo a levantar la vista, como si así pudiera borrar algo de ese dolor. Cuando te despedimos en ATE, con un grito quebrado, dijimos que ibas a estar presente, ahora y siempre. Pues bien, te digo que cuesta, pero acá estamos, intentándolo.

La vida. Los que acá nos quedamos estamos bien viejo. Un poco golpeados con lo que pasa en el país. Este pueblo, el tuyo y el mío, votó enojado, ganado por la bronca y el bolsillo flaco. Me cuesta mucho el análisis, la reflexión. También transito el enojo, la incertidumbre. Y ahí es cuando vuelve tu recuerdo. Busco respuestas, por momentos frenéticamente, en el cúmulo de ideas que solíamos compartir mientras tomábamos unos mates frente al fuego de la parrilla los domingos, o cuando salíamos de viaje a mirar el horizonte en la llanura de la pampa abierta y colmada de semillas.

Una de las últimas fotos juntos

Me gustaría compartir ahora con vos este tiempo y escucharte hablar pausado, como eligiendo cada palabra. Y con el oído siempre atento, porque eso era que lo que más me gustaba de vos, tu capacidad de escucha… tu silencio a tiempo para que los otros pudieran decir y decir y decir hasta terminar repitiéndose.

La vida sin tu voz o tu abrazo se siente distinta. Pero hago un esfuerzo. Y entonces te encuentro cuando Simón mueve las orejas como su abuelo (no sé cuándo se lo enseñaste). O cuando Enzo camina cerca mío y se le ocurre cruzarme su brazo pesado por los hombros para llevarme unos metros venciendo su vergüenza adolescente.  Así sos vida ahora, a través de tus hijos, tus nietos, tu compañera.

Una palabra que es mil palabras. El otro día encontré algo mientras miraba desganada las redes sociales. Mejor ni te cuento lo que pasa ahora con los teléfonos celulares para que no te enojes. Vos siempre de la vieja escuela, el llamado antes que el chat, la radio antes que las plataformas musicales. Pero no me quiero ir por las ramas como hacía tu madre Aída.

La cosa era más o menos así: hablando sobre la vida un hombre le pregunta a otro ¿qué es más importante para usted? ¿el camino o el destino? El otro piensa unos segundos y luego responde: la compañía. Y capaz que es así nomás. De andar acompañado. De tener compañeros, como tenías vos acá en la patria chica y en la patria grande. Dice la etimología que la palabra compañía quiere decir reunirse a compartir el pan. Pues bien papá, acá seguimos haciendo eso, compañerismo.

Buscando la luz y el sol, como los girasoles

Unas flores para vos. El año pasado fuimos con los chicos al lugar donde quedaron tus cenizas, mezcladas con los yuyos y la tierra del patio de esa vieja casa ahora en ruinas donde pasabas tus veranos de pibe. Les contamos a ellos que diste mil vueltas por el mundo, que conociste todas las provincias y muchos países, que vivías arriba de los aviones y los autos cruzando horizontes, llevando ideas, trayendo esperanzas. Pero que siempre decías que ese lugar donde naciste era donde querías volver cuando seas viejo, a una casa en el campo, que tuviera una galería donde ver llegar las tormentas y sentarte a tomar unos mates y oler la tierra mojada, rodeado de muchos perros y capaz con alguna vidala de Don Atahualpa sonado por allá atrás de la ventana.

Ustedes dos siempre juntos, con esas sonrisas…

Por eso decidimos llevarte hasta ahí. Julio, tu amigo y compañero se enoja siempre conmigo cuando hablamos de eso. Él quiere llevarte flores, tener un lugar donde ir a hablarte, a contarte cosas. Y yo siempre le digo lo mismo. Hacé como Héctor haría. Subite al auto, poné la radio folklórica. Tomate unos mates y mirá el sol ponerse en el horizonte sembrado. Ahí seguro lo vas a encontrar y podrás hablarle, porque eso si que sabía mi viejo: escucharnos.

Tal vez sólo se trate de eso ahora papi. De cerrar un poco la boca y abrir la oreja para poder escuchar lo que nos está pasando. Y me sonrío frente a la pantalla mientras escribo. Porque al final yo pensé que hoy iba a ser un día triste y descubro que escribirte y pensarte me llena de nuevo el alma y las tripas. Gracias, te quiero, nos seguimos hablando ¿dale?