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Estero adentro: Una crónica desde el Iberá, con productores del paraje Yahaveré que se le animaron al turismo de naturaleza

Feb 3, 2024
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Muchas historias de Nippur de Lagash comienzan con una cabalgata bajo el ardiente Šamaš. Vamos a caballo y aunque no es el sol del mediodía sino del atardecer, se hace sentir igual; estamos rumbo al paraje Yahaveré en el corazón de los esteros del Iberá, en Corrientes, a 35 kilómetros del pueblo más cercano (Concepción del Yaguareté Corá) y a más de 200 de la capital de la provincia.

Nos esperan dos horas a caballo desde donde hemos salido, que es el Portal Carambola, uno de los accesos al Gran Parque Iberá, área protegida de 758.000 hectáreas. Nuestra guía es Adriana Leiva, que junto a sus hermanos ha organizado este paseo de 13 kilómetros hasta el Puesto Medina, un lugar donde se puede acampar en el paraje Yahaveré. Es vecino de la familia Leiva, pequeños productores que han incorporado el turismo de naturaleza para complementar su economía vinculada a la cría de cerdos, ovejas y chivos para venta y autoconsumo, y a las vacas lecheras para la elaboración de quesos.  

“A mí siempre me gustó el turismo porque vi el gran cambio de las canoas que eran para cazar y ahora son para pasear”, dice Adriana, que está terminando la tecnicatura en Turismo y que hasta los 14 años vivió estero adentro, y conoce a fondo todas las tareas del campo, como manejar las embarcaciones, el ganado y, sobre todo, los caballos. “Mi padre era cazador y vivíamos muchos meses sin él, lo extrañábamos y el turismo cambia esto porque ahora las canoas son para paseos, a la vez que se revalorizan nuestras tradiciones y nos permite mostrar cómo es la vida en el estero”.

Un ejemplo de cómo se pueden valorizar las tradiciones es la red de Cocineros del Iberá, que nuclea a más de 130 cocineros y productores, en su mayoría mujeres, que elaboran platos y productos que reflejan su identidad. Lo mismo ocurre con los Artesanos del Iberá, un proyecto que busca preservar el patrimonio cultural que representa la artesanía tradicional y donde, a través de sus productos, los artesanos reflejan la relación entre el paisaje, la fauna y la cultura. “Aquí se trabaja mucho y muy bien el cuero”, agrega Adriana con orgullo, señalando el apero de su caballo y antes de hacer un galope repentino para ir a abrir una tranquera. 

Vamos lento por los pastizales para disfrutar del paisaje y de la fauna silvestre que aparece en el camino: carpinchos, garzas, lagartos y hasta ciervo de los pantanos, una especie que hasta no hace mucho casi no se veía pero ahora ha vuelto a la zona gracias a la presencia de áreas protegidas. En Argentina habitan ocho especies de ciervos nativos: el venado de las pampas, el huemul, la taruca, el ciervo de los pantanos, el pudú, la corzuela roja, la corzuela enana y la corzuela parda. Los seis primeros se encuentran amenazados de extinción.

Todo es silencio e inmensidad; los pastos se van poniendo rojizos y dorados con la tarde y al principio es inevitable, al ritmo del paso del caballo, distraerse viendo si uno tiene bien puesto el pie en el estribo o pensando en cualquier cosa, hasta que de pronto la mente se calma y empieza la conexión con el paisaje. 

Luego de casi dos horas llegamos al Puesto Medina, ubicado dentro del Parque Nacional Iberá de 158.000 hectáreas (que forma parte del Gran Parque mencionado anteriormente). Se trata de un antiguo puesto de estancia ganadera en el paraje Yahaveré, y que hoy es un lugar donde el turista puede llegar para cenar y pasar la noche en carpa. Allí nos recibe Magno, el anfitrión del puesto y más allá nos espera una mesa bellamente servida bajo un timbó que nos regala su sombra.

La merienda consiste en limonada, mate cocido helado y agua saborizada con raíz de tutiá, una planta de la zona, ideal para matar el calor y acompañar los chipacitos y la torta parrilla. “Ya les sirvo”, nos anuncia Rafaela Serbin, guía de astroturismo y que ha preparado todo para que a la noche podamos ver el cielo sin que molesten los mosquitos: hay varios catres con tul que nos aguardan para la “guiada” nocturna.

“Nuestra propuesta desde Astroturismo Iberá es volver a ver el cielo, redescubrirlo a través de la conexión con la naturaleza. Es tomarse el tiempo para hacer algo tan natural como mirar las estrellas, conocer lo que vemos y tomar conciencia de la importancia de tener y preservar los cielos de la contaminación lumínica”.

La invitación suena interesante, ya que los cielos de Iberá tienen la certificación “de calidad” de la fundación Starlight, que promueve la valoración y protección del cielo estrellado, con la idea de que se trata de un patrimonio científico y cultural que es de toda la Humanidad y, a la vez, salvaguarda el hábitat de un gran número de especies que necesitan de la oscuridad de la noche para su pervivencia.

A unos metros de nuestra merienda campestre ya se está preparando la cena. En el fogón, un grupo de hombres rodea algo que se está haciendo a la parrilla. El asador es Rodolfo, uno de los hermanos de Adriana, y lo que comeremos es un cordero de su rodeo que irá acompañado con choclo, berenjenas y la “estrella” del litoral: la mandioca frita. También, para la ocasión, el padre de Rafaela ha preparado el “pan yacaré” todo un ícono de meriendas y asados del Iberá.

Casi sin darnos cuenta se va haciendo de noche y dejamos las bebidas frías para arrancar con el mate. Inesperadamente en este enero correntino comienza a refrescar, así que una vez instalados en los catres nos ponemos unas mantas sobre los hombros para escuchar todo lo que tiene Rafaela para contarnos. 

Luego del cordero y del postre que consiste en el clasiquísimo mamón con queso (pero con simpáticas formas de lunas y estrellas), nos aguardan las carpas donde pasaremos la noche. Mejor descansar bien porque mañana nos espera, entre muchas actividades, una recorrida en canoa-caballo, un medio de transporte tradicional del Iberá, ideal para los esteros de poca profundidad.  También visitaremos a Yohana Torres, vecina de la zona que se dedica a la elaboración de quesos con los dos litros y medio de leche que extrae a mano de cada una de sus veintipico de vacas.  

Muchas de las historias de Nippur terminaban con él y sus compañeros durmiendo a la intemperie sobre el recado de sus caballos, hasta la próxima aventura. Nosotros no dormiremos sobre las “calchas” (así se llama en Corrientes al conjunto de elementos que componen la montura) pero casi: apenas cubre nuestras cabezas la delgada tela de una carpa y es como si nada nos separa del impresionante cielo estrellado del Iberá.